Salzburgo, actual Austria, 1908-Anif, id.,
1989) Director de orquesta austriaco. Reverenciado
y detestado, siempre polémico, si hay un músico
que represente mejor que nadie la dirección
orquestal durante el siglo XX, ése ha sido Von
Karajan. Por un lado su carisma, su forma
apasionada de acercarse a la música, su capacidad
única para arrancar las más brillantes sonoridades
a la orquesta (aunque basado en una realidad, se
ha convertido ya en un tópico hablar del «sonido
Karajan») y, por otro, tanto su culto a la técnica
y los estudios de grabación como su profundo
conocimiento del mercado discográfico lo
convirtieron en la batuta más popular y aclamada
de toda la centuria y también en una de las más
vilipendiadas por quienes le criticaban su afán
megalómano, su superficialidad a la hora de
afrontar el repertorio y su conservadurismo
estético, cerrado a las nuevas corrientes
musicales de su tiempo. Acusaciones estas que,
siendo ciertas en el fondo, no pueden hacer
olvidar su magisterio en la interpretación de las
grandes obras del repertorio sinfónico y
operístico romántico, con Beethoven, Chaikovski y
Richard Strauss a la cabeza.
La música fue algo habitual para Karajan desde
su más tierna infancia: su padre era clarinetista
aficionado y su hermano, organista. El primer
instrumento del pequeño Herbert fue el piano, en
cuya práctica se inició en el prestigioso
Mozarteum de su ciudad natal. Alentado por su
maestro Bernhard Paumgartner, se trasladó a Viena,
donde su interés derivó hacia la dirección
orquestal.
Su debut en tal disciplina, al frente de una
orquesta de estudiantes, tuvo lugar en la Academia
de Música de la capital austriaca en 1928. El
oficial, al frente de una orquesta profesional, la
de Salzburgo, se produjo poco después, en 1929,
año, además, en que fue nombrado director de
orquesta del modesto teatro de la Ópera de Ulm,
cargo en el que permaneció hasta 1934 y en el cual
adquirió, mediante la práctica diaria, la
experiencia y técnica indispensables para abordar
destinos y metas más altos.
Durante el III
Reich, en un momento en que las mejores batutas
(Erich Kleiber, Bruno Walter, Otto Klemperer) se
hallaban en el exilio, Von Karajan se confirmó
como la nueva promesa de la escuela directorial
germánica. En esa época debutó en las óperas de
Viena (1937) y Berlín (1938), la segunda de las
cuales dirigió como titular desde 1939 hasta el
final de la Segunda Guerra Mundial. La derrota de
Alemania frenó temporalmente su carrera al serle
prohibida toda actuación por su clara vinculación
al régimen hitleriano.
Este veto se mantuvo hasta 1947, año a partir
del cual puede decirse que el fenómeno Karajan
alcanza toda su magnitud. En este sentido, tiene
especial trascendencia el año 1948, cuando, a
instancias del productor discográfico británico
Walter Legge, fue nombrado titular de la
Philharmonic Orchestra de Londres, con la que
realizó una larga serie de grabaciones que
hicieron de él una estrella internacional.
A la muerte de Wilhelm Furtwängler en 1954, Von
Karajan abandonó la formación londinense para
aceptar la dirección de la Filarmónica de Berlín,
la orquesta cuya dirección había constituido desde
siempre uno de sus más anhelados objetivos y al
frente de la que ya había debutado en 1938. Desde
1955 hasta 1989, cuando presentó su dimisión por
motivos de salud, fue titular de esta formación,
una de las más prestigiosas del mundo.
Con ella, así como con la Filarmónica de Viena,
realizó sus mejores grabaciones discográficas, con
un repertorio que abarcaba desde la música de
autores barrocos, como Johann Sebastian Bach,
hasta alguna incursión en el repertorio
contemporáneo, con obras de Stravinski y la
Segunda Escuela de Viena. Aunque tras su muerte la
calidad de su legado ha sido cuestionada por
algunos críticos, lo cierto es que Von Karajan es,
por derecho propio, uno de los mayores directores
que ha dado el siglo XX.