Su matrimonio comenzó con una boda de cuento de hadas en 1959 y terminó en tragedia, con el exilio forzado 20 años más tarde y la enfermedad y muerte de su marido en 1980. Farah Diva fue la tercera y última esposa del sha Mohamed Reza Pahlavi, después de la princesa Fawzia de Egipto y de Soraya Esfandiari, y la única que le dio un heredero al trono de Irán. Ahora publica sus Memorias (Ediciones Martínez Roca), en las que da su versión de un periodo convulso que desembocó en la revolución islámica del ayatolá Jomeini.
La shabanu reparte ahora su tiempo entre EEUU, país en el que se han afincado sus hijos, y París, donde se realizó esta entrevista.A sus 65 años, sigue siendo esbelta y hermosa, viste con elegancia y se maquilla cuidadosamente para subrayar la profunda mirada que caracteriza a las mujeres iraníes. Hay en sus ojos y en sus palabras un fondo de tristeza y leve amargura, pero Farah Diva, de trato amable y sencillo, sabe también bromear sobre lo difícil que es fumar cigarrillos en EEUU o comentar su afición al fútbol.
Hija única, nació en Teherán en una familia privilegiada, disfrutó de una infancia feliz a pesar de que su padre murió joven, y recibió una educación moderna y cosmopolita. El sha se fijó en ella durante unas vacaciones, cuando se disponía a regresar a París para continuar sus estudios de Arquitectura. Tenía sólo 21 años cuando se casó con un hombre que acaba de cumplir los 40 y llevaba ya dos décadas de reinado.

PREGUNTA.- Dice usted que una de las razones que le han impulsado a escribir sus Memorias es el deseo de hablar a sus dos nietas de su país y de su abuelo, y decirles que pueden estar orgullosas.¿Cree que el sha y su familia han sido tratados injustamente por la Historia?

RESPUESTA.- Es verdad que he escrito este libro para mis nietas, pero también para mis hijos y para la juventud iraní que no ha conocido la época del sha. Y si lo he hecho ahora es porque hacía falta un poco de distancia respecto a las emociones de unos y otros. Lo ocurrido en Irán es una catástrofe, para mí y para mucha gente que compara lo que fue ese país hace 25 años y lo que es hoy. Pero creo que las cosas están mucho más claras hoy, tanto para los que estaban en el poder como para los que se echaron a la calle para manifestarse contra la monarquía y hoy han cambiado totalmente de visión.

P.- Su familia era musulmana chií, como la mayoría de los iraníes, y la envió a un colegio de monjas francesas. Es algo que parece impensable en el Irán de los ayatolás. ¿Cómo se vivía entonces la religión?

R.- He hablado de mi infancia no sólo porque fue una parte importante de mi vida, sino también para explicar un poco cómo era Irán entonces. Los iraníes, en su conjunto, siempre han sido tolerantes respecto a las minorías religiosas y una de las cosas que hacía la belleza de Irán era la unidad en la diversidad. El ejemplo nos lo daba nuestra Historia: hace más de 2.000 años, el edicto de Ciro el Grande nos enseñaba la comprensión y la tolerancia.Eso forma parte de la identidad iraní, de nuestra cultura.

P.- La boda de un rey y una joven estudiante de Arquitectura en París hizo soñar a miles de jovencitas en todo el mundo. ¿Se daba cuenta de los deberes y las responsabilidades que acarreaba su matrimonio?

R.- El rey me lo había advertido y yo lo aceptaba, aunque no podía imaginar la magnitud del compromiso. Siendo niña me habían inculcado un sentido del servicio para ayudar a quien lo necesitara en la familia, en la escuela, y mi visión se limitaba a eso.Pero poco a poco, gracias a las iraníes y los iraníes que venían a verme, gracias a los viajes, pude empezar a identificar sus problemas, a pensar en soluciones y a buscar medios para llevarlas a la práctica. Y siempre tuve el apoyo de mi marido: él quería que la reina participara en las actividades en beneficio del país.

P.- Cuenta usted que al rey le atrajo de usted su sencillez.Al margen de lo que él representaba, ¿qué le atrajo a usted de él?

R.- En una familia como la mía, que sentía mucha admiración y mucho afecto hacia el rey, el mero hecho de verle de cerca y poder hablarle era una emoción extraordinaria. A mí me impresionó su mirada, que era dulce, tenía unos ojos muy grandes, muy hermosos, y una sonrisa maravillosa. Y sobre todo era muy natural y enseguida me hizo sentir a gusto. Él me aceptaba tal como yo era.

P.- Usted no tenía sangre real ni experiencia de la corte, pero pronto se adaptó a su nuevo modo de vida. Eso no siempre ha resultado tan fácil luego, incluso para quienes tenían sangre azul. ¿A qué lo atribuye usted?

R.- Yo siempre he sentido un gran amor por mi país y por mis compatriotas, y tuve mucha suerte porque llegué en un periodo de Irán que, en mi opinión, era un periodo de renacimiento. Me encontraba en una posición en la que podía ayudar en muchos aspectos y eso era una gran satisfacción. Durante casi dos décadas pudimos realizar muchos de nuestros sueños. Pero el papel de la monarquía, su margen de maniobra, no es el mismo en una sociedad industrializada y democrática que en un país en vías de desarrollo. Y además, los tiempos han cambiado. En mi época había una visión muy determinada de la posición de la monarquía y de su papel histórico y humano.Ahora la opinión pública no es tan dura respecto a las libertades de algunas familias reales. En mi caso, lo más extraordinario es que hace 40 años, en un país de Oriente Próximo y musulmán, tuve la posibilidad de hacer todo lo que me propuse, siendo mujer.